lunes, abril 04, 2005


"Un detalle curioso, es que esa tal Laura Damián era, como nosotras, hija única... Todas fuimos hijas únicas..."

Elise Dunstan, en el bar del hotel Plaza, Nueva York, septiembre de 1983

Alexandra Moltke nació en Malmö, Suecia, yo creo que en 1948 o 49, era un año o dos mayor que nosotras.

Llegó a México muy pequeña, su papá era cónsul. Primero habían estado en Londres y luego en Bahamas. Cuando Alexandra llegó a la ciudad de México debe haber tenido, no sé, unos siete u ocho años. La mandaron al Colegio Internacional que era la escuela a la que íbamos todos los hijos de los residentes expatriados que tenían dinero para pagarlo y miembros del cuerpo diplomático (o casi todos: los hijos del embajador de Marruecos y los del embajador iraní recibían clases particulares). Ahí la conocí. A ella y a Tatiana Rochet Clasen, que era hija de un diplomático chileno. Las dos eran preciosas y desde entonces, éramos inseparables.

Alexandra era rubia, alta, muy pálida. Con unos ojos azules muy hermosos. En su despacho, me acuerdo perfectamente que el padre (era viudo) tenía una fotografía de Alexandra con Ingrid Bergman, sí, la actriz, cuando ella había viajado a México para promover una película y la embajada sueca ofreció una gala en su honor. Alexandra habrá tenido doce años en la fotografía, cuando mucho llegaría a los trece. Viéndolas juntas se nota bastante que la chiquilla es casi idéntica a la actriz. Se sonríen mutuamente y parecen madre e hija. Me pregunto si Alexandra se habrá parecido a su madre o no.

Éramos las tres muy unidas, pero lo que se dice casi trillizas siamesas unidas por la cadera y hablábamos siempre en inglés o español: el padre de Alexandra le hablaba sólo en inglés y los de Tatiana tenían la estricta regla que en su casa, que era esta especie de fortín en paseo de las Palmas, sólamente se podía hablar en castellano y punto. Mi madre y su marido me hablaban en el idioma que estuvieran hablándose ese día: inglés, francés o italiano. Cuando venía de vacaciones a Long Island a ver a mi padre, sólo hablábamos inglés. No fue raro que nos volviéramos hábiles para cambiar de lengua a media oración. Mucha gente nos veía raro cuando íbamos caminando por la calle y discutíamos en tres idiomas. A nosotras nos gustaba.

Un día, el padre de Alexandra recibió orden de que lo iban a enviar de cónsul a Nigeria. El pobre infeliz estaba muy desconcertado. ¿Qué había hecho? Lo estaban transfiriendo al culo del mundo y eso, naturalmente, no le gustó. Decidió entonces que iba a mandar a Alexandra a Europa, a que terminara los estudios en un internado suizo. Mi madre, Iris, trató de disuadirlo, de que le permitiera a Alexandra quedarse con nosotros, vivir en el departamento (la familia de Tatiana también intervino, pero fue muy tarde) y el señor Moltke (era un barón o una cosa así, pertenecía a la aristocracia sueca) dijo que de ningún modo podía permitir que su hija viviera dando molestias a una familia. Tampoco puede llevársela a ese lugar inhóspito, dijo mi madre. Era 1965 o 1966, no había grandes progresos en Nigeria. Es más, creo que aún no los hay.

No, dijo él. Por eso es que se va a Suiza. Y no hubo manera de convencerlo de lo contrario. Cuando fuimos al aeropuerto a despedirla, Alexandra (que era mucho más alta que nosotras) lloró como si fuera una niñita. Se desbarataba en llanto. Nos abrazamos las tres y nos dijo que nos viéramos todo el tiempo y que le escribiéramos cuanto pasara. Que ella regresaría en cuanto pudiera, que tenía un dinero heredado de su madre o de su abuela (no me acuerdo bien), que no era para siempre.
Tatiana lloró a mares. Creí que le iba a dar un ataque de histeria ahí mismo, en pleno aeropuerto. Por fin vimos el avión irse y luego, los señores Rochet Clasen me hicieron favor de ir a dejarme en el piso donde vivíamos, en la calle de Parras, en la colonia Condesa.

Alexandra escribió mucho al principio, cuando apenas estaba recién llegada al internado, que se hallaba en las faldas de los alpes. Se llamaba The Cosima Von Bülow School, en honor a la esposa de Richard Wagner y había muchachas de todo el mundo ahí inscritas. Entre ellas, una mexicana de la que Alexandra se hizo amiga, tal vez por conocer tan bien ambas una misma ciudad donde ninguna de sus compañeras había estado antes. Se llamaba Laura Damián.

Con esta amiga nueva, nos contó en otras cartas, Alexandra descubrió una hasta entonces desconocida afición a la poesía. Digo, habíamos leído poesía en la escuela, claro: Elizabeth Barrett Browning, how do I love thee? Let me count the ways… y a Shakespeare, los sonetos, que son lectura obligada.
Yo había leído, por mi cuenta, a WH Auden también, su poema Funeral Blues, que sí, lo admito, me hizo un nudo en la garganta, por lo hermoso y lo triste y lo sentido que se nota… pero no podía decirse que fueramos realmente aficionadas a leer o escribir poesía. Esta chica, Laura, escribía poemas. Eso dijo Alexandra, aunque yo nunca leí uno. Pero contaba que tenía un cuaderno repleto de poemas y de recortes fotográficos de Paul Newman y Alain Delon. Y poemas, tantos poemas. Alexandra comenzó a leer por ella cuanto libro de poesía se le atravesaba y creo que fue entonces (seguro fue entonces) que comenzó a traducir al español a otros poetas, anexaba algunos poemas traducidos en sus cartas: obra de autores que yo antes nunca había oído nombrar, como George (Yorgos) Seferis, de Sylvia Plath, de Anne Sexton. Tatiana y yo estábamos bastante sorprendidas de esta nueva faceta de Alexandra. Como si nuestra amiga fuera cambiando ante nuestros ojos y no fuéramos de ningún modo partícipes en la transformación, como si la viéramos en sus cartas a través de la membrana, de la pupa.

Un detalle curioso, es que esa tal Laura Damián era, como nosotras, hija única.
Alexandra no tenía más hermanos (la madre había muerto durante un parto, con el hijo), yo tengo medios hermanos y hermanastros por parte de mi padre, que se casó con una mujer, Pat, que tiene cuatro hijos de un matrimonio anterior y con mi padre tuvo otros cuatro. No quiero ni pensar cómo lo hizo. Y Tatiana era la única mujer en su familia, todos sus hermanos son hombres y mayores que ella, todos muy morenos, como si hubieran nacido con un bronceado de tres días, muy atléticos: jugaban Polo y rugby, esas cosas que le gustan a los niños ricos y ociosos. Uno de ellos, Rodrigo, trató de pretenderme en un tiempo, ya cuando Alexandra estaba en Suiza, seguramente en su primer borrador de la traducción de El Emperador de los Helados, que luego le publicó un magazine literario en, de todos los lugares del mundo, Belice.
Le dije a Tatiana lo que pasaba y que, por favor no me lo tomara a mal, pero no tenía yo ganas de ser pretendida por ningún muchacho en ese momento y no porque fuera o dejara de ser su hermano, simplemente no me apetecía. Tenía diecisiete años y la mayor satisfacción que recibía, no sé si esté mal que yo lo diga, pero al fin y al cabo hace tanto tiempo y no es una mentira, me la proporcionaba yo misma. Tatiana comprendió perfectamente y Rodrigo cesó en sus intentos; finalmente acabó saliendo con una chica que se llamaba Luz María Rivera Parker (la llamaban Kelly, no tengo idea de por qué) y luego ella se encargó de hacerle el corazón picadillo.
Todas fuimos hijas únicas.

En 1968, Alexandra salió del internado y volvió a México.
Su padre había muerto en Nigeria ese año: según contaron, se tiró de un puente en Lagos, en un día de muchísimo calor. Dicen que en Nigeria el calor es tan abrasador y a la vez tan abrumante, que afecta el juicio de las personas. Todo mundo bebe.
Dicen que el Barón Moltke, que en sus juventudes había pasado veranos en algún fjord, no estaba cortado para el clima caluroso. Alexandra tenía la teoría, de que su traslado al África había obedecido a una especie de complot tácito para matarle y siempre resintió al cuerpo diplomático sueco por ello. El caso es que un día, en temporada de sequía, su padre tomó el coche del consulado y condujo hasta un puente que comunica a Victoria Island, donde estaba su residencia, con tierra firme. Detuvo el auto a mitad del puente, se acercó al muro de contención, extendió los brazos y se arrojó. El cuerpo fue enviado a Estocolmo por avión y lo enterraron en el lote familiar. Alexandra no acudió.

A su vuelta a México, Alexandra era rica como Creso: tenía el dinero de su madre y también ahora el dinero y título nobiliario del padre (aunque de nada le servía el título, lo que es más, no le interesaba en lo absoluto). Con parte de ese dinero, se compró un piso espléndido frente al Parque México. Era antiguo, de principios de siglo, con techos muy altos y mucho espacio. Tatiana se mudó a vivir ahí y también me extendió a mí una invitación, pero ya para entonces yo estaba involucrada con Hugh Dunstan, que fue mi esposo y que fue el primer hippie inglés en llegar a México.

Hugh había oído hablar de una mujer llamada María Engracia, que vivía en la costa de Oaxaca y que era una especie de gurú salvaje del hongo alucinógeno: que había encontrado un nuevo nivel de percepción. Algo de culpa habrán tenido los Beatles, el caso es que Hughie, que era graduado de Eton y orgullo de su padre, médico de Bond Street, dejó todo y se embarcó a la aventura. Lo encontré un día en el parque, precisamente cuando iba yo camino a visitar a Alexandra, que estaba instalándose. Lo vi sentado a la sombra de un abedul y me pareció, simplemente, el hombre más bello que había visto yo en mi vida. Tierno y delgadísimo, con una barba crecida de varios días, castaña como su melena. Tenía las gafas quebradas y amarradas con un alambre. Estaba cantándole a una ardilla. ¡Es verdad, cantándole a una ardilla! Me senté cerca de él para verlo, así me sonrió y nos hablamos.

En esos días yo trabajaba en la librería británica que estaba cerca de la Diana y me vestía bien, con lo que podía: tenía tres o cuatro vestidos cortos, dos trajes de pantalones y varias blusas y faldas, que combinaba con pañoletas. Tenía el cabello muy largo, de raya en medio, como se utilizaba entonces. Era muy jovencita: mi madre y su esposo ya no vivían en Parras sino en la colonia Roma, y bebían bastante. Mi padre me mandaba suficiente para que yo pudiera rentar un ático pequeño pero muy cómodo en la colonia Cuauhtémoc, cerca de mi trabajo. Y me pedía que viniera a Nueva York, que él me ayudaría a conseguir algo mejor, tenía muchos amigos en Time-Life. Pero yo estaba bien y era libre. Por eso me senté a ver a Hugh sentado en el parque. Y luego me fui caminando con él, y luego acabamos casados en una dependencia de la embajada inglesa, cuando regresamos de Oaxaca, donde pasamos varios días (o semanas) en una cabaña sin puerta en una playita llamada Chacagua, donde no había nada más que mar y arena. Unos niñitos nos conseguían comida y Hugh y yo hacíamos el amor una docena de veces y luego veíamos a María Engracia y nos elevábamos.

No sé cómo habrán vivido juntas Alexandra y Tatiana.
Hay muchos rumores, pero no sé si darles crédito o no. Finalmente, no estuve ahí, no me consta. Sé de cierto que tenían una gata siamesa que se llamaba Shura y que Laura Damián las visitaba seguido. Fue a través de Laura que Alexandra (Tatiana no, era demasiado aburguesada para siquiera tratar) se involucró en un demi-monde alterno de poetas, a los que describía como los niños más bonitos de América Latina, otras veces los llamaba los perros románticos. Alexandra era una visión curiosa entonces, me han contado, porque había alcanzado por fin su estatura final: un metro ochenta y tres centímetros, lo que la hacía más alta incluso que los muchachos. Y era muy rubia. Y distante. Amable pero lejana. No escribía poemas, sino que traducía. Tradujo a Anne Sexton y una editorial la publicó: el libro fue bien reseñado.
Laura Damián parecía muy orgullosa y la llevaba consigo a todas partes. Tatiana permanecía cada vez más relegada al piso frente al Parque México y finalmente volvió a asistir a las fiestecitas de la jeneusse dorèe, en el Pedregal y las Lomas y Polanco. Sólo se codeaba con la beautiful people, mientras que la gente de la que Alexandra se rodeaba era considerablemente más y más y más fea.

Una vez fui al piso de ellas, no recuerdo por qué razón. Hugh se había ido a tener una experiencia mística de peyote (Carlos Castaneda estaba a punto de ponerse de moda, pero aún faltaban algunos meses) y se había ido con otros estadounidenses, a Real de Catorce, un pueblo minero abandonado en San Luis Potosí. Yo estaba sola y algo aburrida, había dejado el trabajo en la librería.
Ya era 1970, casi 1971. Yo seguía subvencionada por mi papá, cortesía de la Sylbert Steel Co., así que ganaba algún dinero extra dando clases de conversación en inglés o llevándole encargos a los amigos de mi esposo, que se los encargaban a su vez a otras personas que se los daban a Hugh y él a mí. Decía que los policías nunca iban a molestar a una chica que se viera como yo.

Llegué y Alexandra me abrió. Estaba vestida de negro, con un pulóver y pantalones. Había dos muchachos en su sala, en el canapé de brocado y terciopelo que ella había comprado en un bazar de antigüedades en la zona rosa. Me los presentó como Ulises Lima y Arturo Belano. Todavía hoy, y eso que no han pasado tantos años, no puedo acordarme de cuál era cuál. Eran los dos muy atentos, se pusieron de pie cuando entré y luego volvieron a sentarse. Ignoro qué asunto estaban comentando con Alexandra, pero el ambiente se sentía casi tangible con una tensión inexplicable. Shura me pasó entre las piernas y sentí un escalofrío.
Estamos hablando de Anne Sexton, me dijo Alexandra. Arturo dice (señaló con la cabeza, pero no vi si alguno de los dos asentía para demostrar la identidad) que su obra es estupenda, pero que para realmente ser apreciada, necesita hacer lo mismo que Plath. Yo no sabía entonces quién era Plath y pregunté, me imagino que me habrán visto muy ingenua sobre todo porque me esforzaba por que no se me fuera a notar, ¿oh, y qué hizo Plath? Matarse, dijo uno de ellos. Le dio sustancia a su obra matándose. Anne Sexton debería seguir su ejemplo y meter la cabeza en el horno.
Suicidarse.

Lo dijo tan sin embargo, con una serenidad pasmosa que hizo se me erizaran los pelos de la nuca. Me disculpé, cogí mi bolso (iba yo disfrazada de señorita ese día, mi atuendo habitual para salir si iba a hacerlo sin Hugh) y besé apresuradamente la mejilla de Alexandra. Salí del edificio y de pronto me encontré de pie en la calle, sin tener ni la más remota idea de qué calle era esa y qué era lo que yo estaba haciendo ahí. Fue como si se me hubiera borrado la memoria de repente. Es la sensación más espantosa del mundo.

A la que vi posteriormente fue a Tatiana, que me llamó para pedirme que la acompañara a un desfile de modas de beneficencia que su madre estaba organizando. Salvador Allende acababa de ganar las elecciones en Chile y algunas familias de la derecha estaban un tanto desconcertadas. Supongo que los Rochet Clasen eran de esos, ya que tenían un fundo cerca de Puerto Montt, que he buscado en los mapas y está al sur de Chile (al sur del sur). Accedí porque Hugh estaba volando con una nueva mezcla de Acapulco Gold y Maui Wowie y tenía la idea de irse a vivir a una comuna en Tequesquitengo.
Ya no hacíamos el amor: estaba demasiado drogado como para tener energía. No teniendo nada mejor qué hacer, acepté. Vi muy cambiada a Tatiana. Nerviosa, entristecida. Le pregunté qué tenía y no supo ni qué decirme. Pregunté si algo tenía qué ver con Alexandra. Me dijo que no y luego del desfile fuimos a tomar unas copas con gente que conocíamos: un escritor llamado Mateo Monasterio, que estaba recién casado con Dorotea Redo, una modelo muy guapa que Tatiana conocía, los hermanos Moore, otros.
Fuimos a Los Globos y en el tocador le dije, tú a mí no me la pegas, algo te pasa. Me dijo que ya no quería seguir viviendo con Alexandra. Que iba a regresar a la casa de sus padres. Estaba asustada. No sé cómo o porqué, pero estaba muy asustada.

Por esos días, vine a Nueva York a estar con mi padre y su familia, pensando en cómo resolver el asunto de Hugh. No era que estuviéramos tirándonos los platos, pero ser la esposa de un hippie tampoco era lo máximo. Yo quería trabajar con libros, pero aún no descubría exactamente lo que iba hacer (lo que ahora hago), pero el tedio era muy grande y más cuando Hugh se la pasaba o drogado, o teniendo sexo grupal. Tenía tiempo y ganas de hacerlo con una andanada de gente que llegaba a Tequesquitengo a fumar mariguana y comer hongos, pero conmigo no. Y la idea de conseguirme un amante se me hacía tan burgués y convencional como la comunión de los viernes, algo que (tal vez por no ser católica) nunca entendí, pero se me antojaba estorboso. Finalmente decidí que nos separaríamos, aunque el divorcio no fue definitivo hasta hace pocos años, cuando Hugh estuvo lo suficientemente lúcido para firmar los documentos. Ahora creo que todavía vive con una veterinaria en Benicassim, pero no lo sé. Creo que está bien. Fue bonito al principio, no puedo decir que fui infeliz.

Al volver, fui por última vez al piso de Alexandra y tuve que esperarla por un largo rato. Shura estaba sentada al pie de la escalera y esperó conmigo, maullaba de hambre.
Cuando Alexandra llegó, me asusté de verla tan demacrada, como si no hubiera comido en días, tal vez semanas, posiblemente desde que Tatiana se había marchado. Llegó con uno de los dos muchachos que estaban ahí la última vez, aunque no sé quién era, ambos tan parecidos y yo sin saber, él tenía cabello al hombro, una camiseta negra. No me saludó ni yo a él. Alexandra le dijo que si no quería pasar y él sólo le dijo que después hablarían. El piso estaba descuidado, algunas superficies cubiertas de polvo. Faltaban muebles.
Alexandra tenía un aspecto extraño y macilento. Me contestó en monosílabos y de pronto me dio la impresión de que no era en lo absoluto coherente. No la volví a ver. Menos de un mes después cerré el ático en las calles de Río Danubio y me vine a Manhattan, a trabajar en Time-Life.

Lo que ocurrió después, me lo contó Tatiana, una vez que coincidimos aquí en 1977. Yo iba saliendo del teatro, Cats estaba de estreno, iba con un amigo, cuando oí que alguien me llamaba y luego vi que alguien agitaba los brazos. Era ella, diminuta y preciosa, me abrazó, me presentó a su marido (había oído que iba a casarse y quizás recibí la invitación pero fue hace tanto) y quedamos para almorzar al día siguiente. La cité en La Côte Basque y llegué antes. Había anticipado de lo que hablaríamos, de las cosas que habían ocurrido en México. De Alexandra, a la que había soñado alguna vez, aunque no podía, no puedo aún, recordar ninguno de los detalles.

Tatiana tuvo que tomarse un Kir Royale antes de poder empezar a contarme, aunque lo primero que hice fue preguntarle por nuestra amiga. Me dijo que había invitado a Alexandra a su boda. Para entonces estaba causando sensación una segunda edición revisada de su traducción de Sexton y también había traducido los Cuatro Cuartetos de Eliot, en una nueva traducción que los críticos habían calificado como la mejor hecha en todos los años que tenía de publicarse Eliot. Así que por fin Alexandra tenía el respeto que deseaba. Sí. ¿Y está feliz ahora? Pregunté yo. Está muerta, me dijo Tatiana y comenzó a sollozar muy quedamente, como para no atraer la atención de la gente en otras mesas.

El día de la boda, Alexandra llegó con un vestido precioso, me dijo, maquillada, peinada, más linda que nunca. Parecía estar contenta al fin. Le pregunté si habrá estado metida en drogas y me dijo que no sabía, que en realidad su relación se había enfriado bastante y además, que Laura Damián también había muerto, un año o algo así antes de la boda. Alexandra llegó sola a la iglesia y luego fue al banquete y estuvo ahí con todos. Era otra vez la misma Alexandra que conocimos de niñas, me dijo Tatiana. Estaba muy sonriente cuando fueron a la mesa donde estaba sentada, con sus hermanos. Al abrazarla, algo le murmuró al oído a Tatiana (algo que no entendió y que trataría de recordar por el resto de su vida) y luego sacó de su bolso una pistola calibre 22 y se metió un balazo en la sien.

Las manchas de sangre y de cerebro no se le van a quitar nunca, nunca, al vestido de novia.

domingo, abril 03, 2005

"Sólo nos decidimos a regresarnos cuando yo supe que estaba embarazada y quisimos que nuestro hijo fuera, sea, mexicano..."

Dorotea Redo, maternidad Santa Mónica, colonia Polanco, mayo de 1981

Fue en una fiesta en la casa de los padres de Mateo Monasterio (con quien luego me casé)que los vi, habían llegado con Laura Damián... eso fue en 1970. Nunca se me va a olvidar esa fiesta, pero no tanto por ellos, sino por lo que pasó en ella. A Ulises Lima no lo recuerdo, no me acuerdo de su cara para nada, pero de Arturo Belano sí me acuerdo. El nombre me sonó tan extraño que no pude evitar que se me quedara presente. Y lo que hizo, lo que hizo hará que realmente nunca lo olvide, aún si realmente sólo lo recuerdo entre brumas en alguna pesadilla.

No me acuerdo porqué fue la fiesta.
Empezó como si nada, en la tarde. Yo había ido al cine con Mateo y su hermano mayor, Esteban y la esposa de él, Eugenia. Eugenia iba a tener un bebé, bueno, ahora ese bebé ya es un muchachito bastante grande, se llama Cristóbal. Me acuerdo que fuimos al cine Roble, que ya no existe, pero era este cine enorme, pero de veras gigantesco, sobre Paseo de la Reforma. Mi papá tenía su oficina cerca de ahí y a veces yo iba a verlo antes de entrar al cine, o si había quedado con amigas de vernos en algún lado, en la zona rosa, algo así.

Era viernes y fuimos a ver la de Polanski, El bebé de Rosemary, que aquí entre nos, me pareció una elección bastante rara, dado el estado de Eugenia, pero ella estaba tan tranquila y fue la primera que dijo, sí, vamos. La película me encantó. No la he vuelto a ver, pero no consigo que se me olvide; ahora que yo misma estuve embarazada... sí, es el primero que tenemos, y no creo que vaya a haber más, me puse muy mal con el parto... ahora que estuve embarazada, me acordé mucho de escenas enteras de la película y de ese día que la fuimos a ver... y eso que ya había pasado tanto, pero tanto tiempo.

Regresamos a Las Lomas de ver la película y ya eran como las ocho y media, algo así. Esteban y Eugenia ya no vivían en la casa de los Monasterio, sino que tenían su propio piso en la colonia Anzures, pero ellos nos llevaron porque Mateo no sabía -- no sabe, de hecho- manejar. Entramos y una sirvienta le dijo a Mateo que había una llamada telefónica para él, era Laura Damián, que estaba con Catalina O'Hara y unos amigos y no sabían qué hacer y Mateo dijo vénganse para acá, hagamos una cena impromptu, muy Buñuel, muy Ángel Exterminador y Laura (todavía vivía, no podíamos imaginarnos que en menos de dos años estaría muerta, pero ya para entonces Mateo y yo estábamos casados y en Londres) le dijo que bueno, que llegaban en un rato, que si podían invitar a quien fuera y Mateo dijo que sí. Creo que a Esteban no le gustó mucho la idea que su hermano metiera a desconocidos en casa de sus papás, pero lo mismo, no dijo nada.

Es que la casa de los papá de Mateo era enorme. Qué digo enorme, estoy segura de que hay países más pequeños que esa casa. Ahora la tienen rentada como residencia del embajador de Islandia, pero entonces era la casa familiar más grande que yo había visto. Y eso que la casa de mi papá era grande, uno de esos caserones edificados en roca volcánica en el Pedregal de San Ángel, pero era nada comparada con la casa de los Monasterio. El comedor era largo, largo, con lugar para veinte personas. Mateo le preguntó a Laura cuánta gente creía que iban a ser y Laura le dijo que unos diez o doce y Mateo le ordenó a las sirvientas que prepararan una cena grande. Pero no hay casi nada en el refrigerador, joven. No hemos ido al mercado... entonces hablen al Andre's y que les manden esto y esto. Mateo dio hasta una lista de vinos para no tener que abrir la cava de su padre y le dio varios billetes a la criada. Esteban le dijo que si estaba seguro y Mateo le dijo que por supuesto que lo estaba, que hacía tanto que no hacía una fiesta, qué caray.

Y era cierto. Cuando yo conocí a Mateo -- y esto había sido en octubre de 1968, después de lo de Tlatelolco- yo estaba haciendo fotos de la colección otoño/invierno en un estudio de la revista Claudia y lo invitaron a una entrevista. Mateo tenía dieciocho años y había publicado una novela que había causado sensación: contaba lo que había ocurrido el año anterior (1967), cuando él y sus compañeros pasaron el último año del liceo. Era la primera novela que hablaba abiertamente de la experimentación de la sexualidad y con las drogas entre los jóvenes de clase acomodada y también contaba anécdotas que luego supe eran ciertas, como la de una chica que había pasado casi toda su adolescencia en un internado suizo y al volver se había hecho amante de un burócrata casado que la introduce al sadomasoquismo y casi le destroza la vida. Esa chica, que en la novela se llamaba Paula (en la película que hicieron su papel lo interpretó Julissa), era en realidad Laura Damián, que se había recuperado de su crisis escribiendo estos poemas tristísimos, pero maravillosos.

A Mateo lo elogiaron muchos escritores del momento como Luis Guillermo Piazza, Gustavo Sainz y José Agustín, que decía que la novela no era una novela de la onda, sino que estaba haciendo un género nuevo, mucho más honesto de lo que la onda jamás se atrevió a ser. Hasta Carlos Fuentes hizo un comentario favorable. Mateo se volvió famoso de la noche a la mañana y era todavía menor de edad, fue Esteban el que firmó el contrato con la editorial, porque Mateo no podía. Sus amigos del Liceo Anglo Mexicano lo odiaron. Le hicieron escenas terribles y un día, antes que cerraran la UNAM, lo corretearon afuera de rectoría para "romperle su puta madre". Y su madre, claro que no era eso. Elisa Monasterio era un primor, lo poco que la conocí me lo pareció. Me recordaba mucho a mi madrastra, Julieta. Eran señoras muy propias, muy educadas, pero con una calidez que se antojaba genuina en ellas, donde en otras señoras pues nada más no. Y lo sé porque en todos los desfiles que hice, en el Palacio de Hierro, en Liverpool, en Divino Olimpo, en el hotel Camino Real... siempre, siempre, veía yo esas sonrisas de señoras de sociedad y me parecían tan deslumbrantes y vacías como los faros para niebla de una limosina.

A Mateo me lo presentó Catalina O'Hara, que entonces era la asistente de la editora de modas de Claudia, que era Jacqueline Walters Voltaire, una mujer muy chic, muy elegante, que siempre iba por ahí con unas perlitas que retorcía entre los dedos como rosario y sus lentes colgando de una cadenita. Catalina me dijo, ¿ya leíste Acabará en lágrimas? Y le dije que no, que qué era eso. Me miró como si yo hubiera salido de un estado de coma profundo, o de un cascarón de huevo. ¿Cómo no sabes, Doro? No, pues no sé, ¿qué es? Es un libro, qué digo un libro... ¡es el libro de nuestra generación! ¿Así de plano? Creí que De Perfil... no, olvídate de Pepe. Este chico es una maravilla. Imaginate que Baudelaire hubiera escrito una novela con música de los Beatles y de los Rolling Stones. Le dije que no me la creía y ella fue a la oficina de relaciones públicas y me trajo un ejemplar. La editorial había mandado varios. Me dijo ven, para que te lo firme y así vi a mi marido por primera vez. Todavía tengo el libro firmado.

Luego lo dejé de ver, pero nos encontrábamos de pronto en fiestas, yo andaba con Pablo Herreros, un muchacho que era hijo del dueño de una cadena de zapaterías. Pero me aburrí rapidísimo de él. A fines del 69 Mateo sacó otro libro y también se vendió bien. Ahí vi que describía la historia de un escritor joven que era perseguido por sus ex amigos de escuela por sacarlos al balcón y contrataban a unos sicarios para matarlo. Entonces él se robaba un camión cargado de pieles para huir de la ciudad y sin saberlo, en el camión iba una modelo adolescente llamada Alicia (Cuando hicieron la película, el papel lo interpretó Ofelia Medina). Leí al personaje y vi que me estaba describiendo a mí. No supe qué decir. Me encontré a Catalina O'Hara en un coctel después de un desfile de trajes de baño y le dije oye, este personaje de la modelo en Un juego de ti, es yo, digo, ¿será yo? Catalina había leído el libro y dijo que a leguas se notaba que era yo. Que Mateo era algo tímido (y más desde el escándalo del libro) y que a la mejor esa era su manera de decirme que le gustaba.

Pensando en eso, fui a su casa a buscarlo una mañana de la semana siguiente y lo invité al zoológico de Chapultepec. Me le aparecí sin anunciarme y su madre estaba feliz de que saliera de la casa. Prácticamente lo obligó a que se subiera a mi coche. Frente a la jaula de las jirafas me preguntó si yo tenía o había tenido novio. Le dije que había roto con Pablo. Y él me preguntó por qué. Y yo le dije que fue porque me había encantado su libro. Y lo besé, como Alicia besa al escritor que la secuestró sin darse cuenta y la lleva en un camión de Divino Olimpo, cargado de abrigos de pieles hasta el desierto de Santa Teresa en Sonora.

Esa noche, la noche de la cena improvisada, Laura y Catalina llegaron con diez personas, todos más o menos con el tipo de intelectual urbano de entonces. Sólo había dos chicas en el grupo. Una era Angélica Font (me acuerdo del nombre) y la otra me la presentaron como Xóchitl. Y Arturo Belano. Me llamó la atención su acento y le pregunté, ¿de dónde eres? Y él me dijo que de Chile, pero que ya tenía tiempo acá. No me lo digas, ¿y eres escritor? Soy poeta, me dijo. Y le creí. Habitualmente cuando alguien me dice, soy poeta, me cuesta algo de trabajo creérselo. Más que nada porque suena muy abstracto, muy poco real. Pero a él le creí de inmediato. Tenía aspecto grave, se veía muy delgado, muy serio. Le pregunté si había leído los libros de Mateo. Me dijo que sí, lo había hecho. ¿Y qué te parecieron? Él sacudió la cabeza, pero me dio la impresión, supe, y no sé por qué, que para él los libros de Mateo eran superficiales, sólo dignos de una dosis simultánea de compasión y desprecio.

Y eso me enfureció con él. Yo estaba enamorada de Mateo. Sus libros me habían hablado de una forma que ningún otro -- ni Cambio de piel, ni Pedro Páramo (que me había fascinado), ni Los Cachorros- lo habían logrado. Quizá con la excepción total de Los Premios. Sentí un desprecio profundo en ese momento por Arturo Belano. Como si todo lo peor que hubiera en mí se hubiera puesto de pronto alerta y en evidencia. Como si mis uñas crecieran para convertirse en las zarpas de un chita. Creo que pude haberlo desgarrado con mis manos si dice algo. Pero Arturo no dijo nada, sólo tomó dos copas que traía una de las sirvientas en una charola y me dio una y dijo a tu salud. Luego, me robó un beso a la fuerza.

Estábamos de pie al fondo del comedor, cerca del bufé que habían dispuesto. Mateo estaba en la sala de estar, con Laura y otros. Habían puesto un disco de Jefferson Airplane. O era Iron Butterfly, me acuerdo de haber oído In-a-Gadda-Da-Vida, pero no estoy segura ahora ya de eso. Belano me besó de pronto, metió su lengua en mi boca, tocó con ella mis dientes, mi paladar, rápido y esquivo. Luego me soltó, y siguió tomándose su copa como si nada. Yo vi a Eugenia, con su panza monumental, mirándome desde la puerta. Pero no con reproche, sino con terror. Me aparté de ahí y fui con ella. Tuve náuseas y vértigo, pero todo pasó muy rápido y Eugenia me abrazó y me dijo algo que no alcancé a oír bien. Alguien estaba fumando mariguana, yo podía olerlo.

Sonó el teléfono una vez, otra. La criada salió entre la música a todo volumen, para buscar a Mateo y cuando vio a Esteban sentado en la alfombra le hizo una seña y le dijo, por favor venga, joven. Vengan los dos. Cogieron la llamada en el estudio del padre, junto a la escalera tutiplén que llevaba a la planta alta. ¿Qué pasa? Eugenia fue a preguntar y la criada le dijo, hablan en inglés. Los padres de Mateo y Esteban se habían ido esa tarde a París, pero iban a hacer escala en Nueva York para tomar el barco. Habían tomado un vuelo de Branniff. Eugenia se puso pálida y a mí me temblaron las piernas. Se me olvidó Arturo Belano y la rabia que me había hecho sentir. La música seguía a todo volumen.

Cuando entramos al estudio, Esteban estaba al teléfono y Mateo estaba en una silla. Parecía una marioneta a la que primero se le enredan y luego se le cortan los hilos de tajo. Tenía los anteojos colgándole casi a media nariz y la boca como una línea quebrada. Estaba ceniciento y con ojos vidriosos y Esteban decía yes, yes. I will fly immediately. Colgó y nos dijo que el avión se había estrellado esa tarde en algún lugar de Georgia. No había sobrevivientes. De un plumazo, Esteban y Mateo eran huérfanos.

Abracé a Mateo y Eugenia salió a decir que por causas de fuerza mayor se terminaba la fiesta. Dice que cuando salió a la sala, todo estaba abandonado. Cigarrillos y porros en los ceniceros. Los discos. Y se habían llevado fuentes con comida. El ventanal estaba abierto hacia el jardín. Por ahí se habían ido. En el espejo del hall, con barra de labios rosa, estaba escrito: Lo siento tantísimo. Laura.

Entré al baño, con la intención de remojarme la cara, por la impresión, preocupada también de que no le fuera a pasar algo a Euge, que se le adelantara el parto, algo (no, nada, no pasó nada de eso) y vi que en el lavabo de porcelana, alguien, no sé quien, aunque no sé por qué pero lo siento tan claro aún hoy, creo que fue Arturo Belano, había vomitado sangre.

No hubo funeral, porque no había cuerpos. Mateo me pidió que nos casáramos y fuimos al registro civil de Coyoacán, con unos análisis falsos y dos testigos que levantamos de la plaza. Luego nos fuimos a Londres para que Mateo escribiera su libro que le tomó tanto tiempo completar sobre Byron, Shelley y Mary Shelley y Clair Clairmont y yo trabajé allá también. Vivimos en Hampstead Heath más de diez años sin venir nunca para acá. Sólo nos decidimos a regresarnos cuando yo supe que estaba embarazada y quisimos que nuestro hijo fuera, sea, mexicano.

A Laura, a Catalina, a Belano... a toda esa gente, nunca la hemos vuelto a ver. Se disolvieron de pronto, como agua bajo la arena.

Sin rastro alguno.

sábado, abril 02, 2005

"Él me hablaba de marcharse a París, de conocer a algún poeta de vanguardia (no recuerdo su nombre), de recorrer mundo, de miles de cosas que sonaban lejanas y evocadoras, pero poco más..."

Ricardo Reyes, Plaza de la Revolución, octubre de 1979

Recuerdo que con pereza descartaba cada una de las palabras que había elegido para el poema que estaba escribiendo en ese momento.
Estas palabras están podridas, me repetía una y otra vez.
En aquellos días, le gustaba beber, beber para escribir. Se sentaba con una botella de mezcal Los suicidas y bebía hasta caer dormido, hasta vomitar, hasta completar libretas y libretas.
Me miraba con los ojos vidriosos y me decía, Reyes, la poesía es turbia, como una borrachera sucia, sucia de esputos y vómito.
Yo miraba aquella manos que sostenían un bolígrafo de capuchón mordisqueado y no decía nada, tan sólo asentía con la cabeza.El sabía que yo nunca llegaría a entender lo que era la poesía ni porque a él le gustaba escribirla, pero me respetaba. Le gustaba hacerme enfadar.
Médico, lee un poco, médico, vive un poco.
Eso me enfurecía. Para mí estudiar medicina era vivir, según él sólo era sobrevivir.
Leí alguno de sus poemas y, ciertamente, eran sucios, casi enfermizos. Me dejaban un tanto indiferentes, la verdad sea dicha, pero a mí no me gusta la poesía. Durante aquel año compartimos un piso en el centro. El me hablaba de marcharse a París, de conocer a algún poeta de vanguardia (no recuerdo su nombre), de recorrer mundo, de miles de cosas que sonaban lejanas y evocadoras, pero poco más. Yo me centraba en mis estudios, en mi último año de carrera y en poder trabajar en un hospital del D.F.
Un día me dijo que se iba, él estaba borracho, escribiendo.
Yo le miré las manos y le miré a los ojos.
¿Te vas a París? --le pregunté-- Sí, respondió antes de beber a morro un nuevo trago de tequila. Su última noche en el piso la pasó descartando palabras, mientras susurraba, están podridas, están podridas.

viernes, abril 01, 2005

"Dimos unos pasos y entramos a un callejón y ahí, Arturo me dijo agárralo bien de los brazos y empezó a darle una madriza..."

Martín Beltrán Fernández, facultad de Filosofía y Letras de la UNAM, enero de 1978

Belano era de Chile y Lima mexicano. Los dos a cuál más de callados. Pero escribían buena poesía.
Y le gustaban a las chicas.

Mi hermana, Rosa, estaba enamorada de Arturo. Cuando él se fue a Chile, en el 71, le lloró como si no hubiera otro hombre en el mundo. Arturo tenía dieciocho años y Rosa tenía dieciséis. Vivíamos en la calle de Rébsamen, en la colonia Narvarte, cerca del mercado de Anaxágoras. Rosa y él se veían a escondidas entre los puestos de flores y de frutas porque a mi jefa no le gustaba que anduviera con "ese melenudo, peludo, mechudo, greñudo". Y tenía prohibido llevarlo a la casa. Entonces se veían a escondidas y de pronto, Rosa buscaba pretextos para salir a cualquier hora por el pan, o por el mandado.

Ulises salía en esos días con una chica que estudiaba para secretaria bilingüe llamada Magdalena. Ella era muy bonita y a veces iba con él a las reuniones en casa de Angélica y María Font, o a diversos cafés en la colonia Tabacalera. Magdalena era muy bonita, muy frágil, como si fuera un pajarito que se fuera a descuajaringar si lo apretabas muy duro. Y siempre parecía entristecida sin Ulises cerca.


Los conocimos por Laura Damián. Ella había tenido sus qué veres con Arturo pero ya no. Me habían contado, no me acuerdo dónde o quien, que ella los había llevado a una pachanga en Las Lomas y que habían pelado gallo, robándose unas charolas de plata con comida, que luego Ulises llevó a empeñar al Monte de Piedad y le dieron un buen billete. Pero nunca supe qué hacían con la lana, porque tampoco nunca los vi pagar nada. Si íbamos alguna vez a comer quesadillas o a cenar chilaquiles, alguien siempre les invitaba la comida y las cervezas. Siempre traían libros bajo el brazo: Rimbaud, Verlaine, Anne Sexton (que estaba recién traducida al español por Alexandra Moltke, que vivía en la Condesa y que en 1974, a los dos días del suicidio de la Sexton, se metió un balazo en la cabeza delante de 400 invitados a una boda, la novia había sido su muy amiga en la escuela, aunque se rumoró que era más bien su tortilla), e.e. cummings, Ernesto Cardenal, Pound, Eliot.

Nunca supe de donde sacaban dinero.

Luego Rosa me dijo que ella compartía parte de sus ahorros con Arturo (que luego anduvo, cuando volvió, con Laura Jáuregi, que era esta chava bien bonita y de lana). Era una manera de lo que Ernesto San Epifanio llamaba chichifear. Eran como putas, pero perdonaban a las vírgenes y sólo las besaban y manoseaban y les sacaban (al menos Arturo) alguna parte de su domingo.

En el otoño del 75 pasó algo muy raro. Arturo había vuelto de Chile y estaba como cambiado. Lo vi en una cantina del centro, sin Lima -- que ya para entonces había acabado de desbaratar a esa pobre Magdalena, que quedó hecha un guiñapo, según oí-, pero hablando con otro tipo. El tipo era guapo, muy delgado. Tenía un acento muy marcado al hablar, aunque era español perfecto.


Belano dijo, Martín te presento a Alberto Ruiz-Tagle. Mucho gusto, le dije. Arturo procedió a presentarme como una auténtica promesa del Taller Literario de la Casa del Lago. Como que me dio algo de vergüenza que dijera eso. Nunca pensé que realmente oyera mis escritos cuando yo los leía. Me invitaron un mezcal y se veía que habían estado tomando hacía rato, y además que el tipo nuevo era el que pagaba.

Cuando nos levantamos, Arturo me hizo una seña. Me dijo, ven con nosotros, vamos a presentar a Alberto con una amiguita. ¿Qué amiguita?, dije yo y el otro nomás se rió y dijo ven y cuando íbamos de salida, una vieja flaca, flaca de pelo estropajoso, rojo, llegó y le echó los brazos al cuello. Era una mujer fea como pegarle a Dios en día domingo y estridente como un maricón.

Era Auxilio Lacouture, una mujer que sabrá de donde fue a salir y que llevaba como diez años dando bandazos por toda la ciudad, había vivido en cuartos de azotea, en casas de gente dedicada a la literatura o al arte... para mi modo de ver esa vetarra era sólamente un parásito, pero Belano le tenía un afecto aparente y que se notaba genuino.

Arturo se deshizo de ella y fuimos afuera con el tal Alberto. La cantina estaba en las calles de Claudio Bernard, en la Doctores.


Dimos unos pasos y entramos a un callejón y ahí, Arturo me dijo agárralo bien de los brazos y empezó a darle una madriza. Lo que se dice una verdadera felpa. Le hizo la cara pedazos a puñetazos, a patadas, le dio en el estómago, el pecho, la cabeza. En todos mis años de vida y eso que fui a la prepa popular, no había visto que a alguien le pusieran una patiza de perro bailarín. Luego lo botó al piso y le dio a puntapiés por el culo y las costillas. Luego le escupió encima y nos fuimos.

Unos días después, vi en el periódico que hablaban de la desaparición de un tal Carlos Wieder, un poeta chileno y miembro de las fuerzas armadas chilenas, que había venido a México de vacaciones y no aparecía desde la noche del viernes.


El fulano en la foto, era el tipo al que le había puesto en la madre Arturo Belano. Cuando quise preguntarle qué pedom por qué había hecho eso y porqué me lo había presentado con otro nombre, ya no pude. No lo volví a encontrar; en la nochevieja él y Lima se habían ido con el coche de los padres de las niñas Font.

Dijeron que se fueron para el norte.
Hace más de dos años y no los he vuelto a ver.

Dicen que la gente se pierde en la frontera de Sonora, que se van para allá y no vuelven jamás.